Hace unos días, fui a la oficina central del servicio
postal, en la calle san Facundo. Quería iniciar el trámite para votar por correo
en las próximas elecciones al Parlamento Europeo. Al salir del edificio y cuando
atravesaba la plaza del doctor Laguna, percibí un leve ruido a mi espalda. Pensé
que alguien me llamaba, pero al girar la cabeza no vi a nadie. No había ninguna
figura humana a excepción del doctor Laguna en su pedestal, en el centro del
jardín, con su expresión habitual de sabio solemne y pensativo. Quizá, fue el
viento sobre las hojas de los árboles, o quizá, fue mi imaginación. Y, puestos a
imaginar, supuse que el célebre humanista segoviano tenía alguna cosa que decir.
Algo que debía estar relacionado con mi gestión en la oficina postal. Seguí mi
camino, cavilando qué podía ser, cuando de pronto recordé que el insigne médico
de Carlos V había procurado vivamente la pacificación de la Europa de su tiempo.
Así lo demuestra su excelente discurso pronunciado en la Universidad de Colonia
en 1543, como portavoz del emperador. Lo tituló "Europa que se atormenta a sí
misma" y en él invocaba el espíritu de concordia entre los príncipes europeos
para superar la grave situación que atravesaba una cristiandad dividida por la
Reforma luterana.
Andrés Laguna nació en 1499, era unos cuatro años más
joven que su convecino Domingo de Soto. Ambos hicieron sus primeros estudios en
Segovia y aquí se iniciaron en el manejo del latín que, como ocurre hoy día con
el inglés, les abrió las puertas de las universidades y embajadas europeas.
Laguna estudió medicina en París y allí aprendió la lengua griega. Tradujo y
amplió el manual de botánica médica más utilizado en aquellos tiempos, el
Dioscórides. Puso sus conocimientos de medicina al servicio del emperador
Carlos, de su hijo Felipe II y del papa Julio III. Por la amplitud de sus
conocimientos y por su influencia en toda Europa, podría ser calificado como el
segoviano más universal. Demostró con su trabajo que el cultivo de las
humanidades y el ejercicio honrado de la medicina son muy saludables. Caminos
que llevan a un mejor conocimiento del ser humano, allí donde confluyen el
espíritu y la materia. Por esas sendas discurrieron los grandes autores del
Renacimiento, como Luis Vives, Erasmo de Róterdam, Tomás Moro y tantos otros
exponentes del humanismo cristiano que nos dejaron en herencia un rico
patrimonio cultural. Andrés Laguna, médico, humanista, político y hombre de fe
empleó sabiamente su vida al servicio de Dios y del césar Carlos.
Este recuerdo surgido al pasar junto a la efigie del doctor
Laguna resulta más oportuno en estos días, pues se suma a la pretensión de
Segovia por obtener el título de Capital Europea de la Cultura en 2016. Un
estimable objetivo que todos compartimos y en primer lugar la sociedad civil, la
misma que siente como propio el plan de rehabilitación de la Casa de la Moneda y
la posterior instalación del Museo del Real Ingenio. Es natural, por tanto, que
éste sea el proyecto estrella de nuestra candidatura, como propone la Asociación
de Amigos de la Ceca. ¿Hay algún proyecto más enraizado en el patrimonio
histórico europeo que la reconstrucción de los edificios que Felipe II encargó a
su mejor arquitecto, Juan de Herrera? Además, ¿no es un magnífico augurio que
haya sido distinguido con el premio "Europa Nostra", Glenn Murray, promotor de
esta gran empresa cultural? Un galardón obtenido por méritos propios, y otorgado
por una Fundación integrada por representantes de 45 países de toda Europa. Lo
que supone un reconocimiento internacional y una oportunidad de promoción única.
Parecía de justicia traer a la memoria algunas páginas de
la historia europea escritas por segovianos, como Andrés Laguna y Domingo de
Soto. Aquellos que sintieron el legítimo orgullo de serlo y así lo manifestaban
en sus publicaciones, titulándose "Segobiensis" (de Segovia) y así eran
reconocidos en los foros europeos más destacados de la época. Ellos nos
estimulan a todos -ciudadanos e instituciones- a trabajar por Segovia, para
beneficio de todos.