EL NORTE DE CASTILLA
30 DICIEMBRE 2007
LA ELIPSE
Quizás mañana
Tren en la nueva estación. / A. DE TORRE
 
LOS pájaros no saben que mañana por la noche sus alas abrirán a cuchillo un año nuevo, limpio, impoluto, lleno de páginas por rellenar, que se presenta ante nosotros como un revuelo de posibilidades personales y colectivas. Con el paso de la edad los comienzos de año van perdiendo parte de la emoción pura que tienen en la infancia y la juventud, cuando realmente parece que todo está por escribir. A medida que el tiempo le avasalla, uno va llegando a los pies de enero con tantas cosas en la mochila que las posibilidades se van reduciendo, sobre todo porque el miedo va aumentando. Miedo ¿a qué? A escribir la historia de otro modo, la historia personal y la colectiva también. Miedo a salirse de lo establecido, miedo a vivir con plenitud, miedo a la soledad, miedo a los demás, miedo a romperlo todo, miedo a que otros lo rompan.

Pero seguro que a lo largo de la noche de mañana mucha gente imagina cómo sería su vida si hubiera actuado de otra manera, si se atreviera a hacer las cosas que le apetecen, a decir a la gente lo que siente. Nada te garantiza que hubiera sido mejor. Probablemente no. Nadie es tan libre como para asumir de golpe su propia libertad, porque la libertad absoluta es la soledad absoluta.

Pero ¿y las sociedades? Cuando arrastran tras de sí una historia tan larga como la nuestra, a veces se generan dinámicas que hay que intentar derrotar. Y este año ha sido positivo en Segovia para romper dinámicas que estaban atascadas: el AVE, claro, el éxito corroborado del Hay Festival, el inicio, sí, increíble, de las obras de recuperación de la Casa de la Moneda, la consolidación de la apuesta por la capitalidad cultural del 2016, y varios proyectos de interés.

Un amigo, notable observador, me hablaba recientemente de que a veces le daba la impresión de que en Segovia se notaba aún la herencia del desencanto que dejó en la población la represión de la rebelión comunera, como si hubiera quedado cierto fatalismo en la manera de ser de la ciudad, una especie de ensimismamiento que le hiciera desconfiar de casi todo, y optar por un cierto inmovilismo, que hace improbable el entusiasmo. El amigo me ponía un ejemplo. Repostaba en una gasolinera cuando vio pasar la silueta del AVE, una visión por lo menos esperanzadora. Para probar un poco cómo había recibido el personal esta noticia que los medios nos hemos cansado de calificar de histórica, echó el anzuelo y dijo: «Qué suerte, ¿verdad?». El gasolinero le comentó raudo: «Uff, no se crea, eso sólo va a beneficiar a los ricos, nosotros ni nos vamos a enterar». Mi amigo no esperaba que me dijera que su vida iba a cambiar, pero sí al menos que mostrara cierto orgullo por lo que estaba sucediendo, una mínima admiración aunque sólo fuera por esa imagen fantástica e imposible de imaginar unos años antes, del tren besando las tierras segovianas a más de 50 por hora, que es la media que hace el tren convencional hasta Madrid. Claro, mi amigo, que tiene la teoría de la sombra comunera desde hace años, corrió a contarme lo del gasolinero porque corroboraba su percepción. «Ves -me decía- esa es la actitud que a veces se percibe por aquí, esa especie de indiferencia sobre las cosas que no le afectan a uno personalmente, una suerte de indolencia sobre lo colectivo». Por supuesto, ya le dije que no era significativo, pero me hizo pensar.

Esta vez será el AVE el que abra con su morro picudo el año nuevo, y lo llene de expectativas a doscientos por hora.